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hurlingham, 10 de diciembre de 2009
Apología del arte
En 1938, André Bretón escribió en su Manifiesto por un arte revolucionario independiente: “Total libertad para el arte, menos contra la clase obrera y la revolución”. Dicen los memorabilistas que poco antes de hacerlo público, el gran poeta viajó a Coyoacán y se lo hizo leer a León Trotsky (Bretón, como Man Ray y muchos otros artistas e intelectuales de la época, era trotskista). Dicen que Trotsky, entre otros comentarios, le sugirió quitar del Manifiesto la segunda parte de la oración final y así se hizo público y quedó para la historia. “Total libertad para el arte”, a secas.
En un foro de debate del Facebook –al que volveremos más luego y en profundidad (no al FB sino al debate)–, alguien advirtió críticamente al respecto: “Pero Trotsky no sabía mucho de arte...” Ciertamente, LT podía saber nada del asunto, pero tenía perfectamente claras cuestiones políticas que, por aquella época (y aún hoy, de un modo general), tenían al mundo en vilo. Y su sugerencia a Bretón poco o nada tenía que ver con lo artístico sino, lisa y llanamente, con lo político.
Él sabía, como nadie, que ciertos “reparos” –como el de Bretón en su conclusión original– podían tener consecuencias nefastas, históricamente nefastas. El estalinismo había abusado de ellos para llevar adelante sus crímenes focalizados y en masa, incluso para prohibir y castigar a artistas rusos y de otras naciones que creaban desde los parámetros de una nueva sociedad humana que, al menos, se vislumbraba; una sociedad en cambio, revulsiva.
Casi simultáneamente, hacia 1937, el ministro de propaganda de Hitler, Goebbels, organizaba la muestra Entartete Kunst o “arte degenerado”, donde se exhibían las obras –pinturas y esculturas– de los más grandes artistas de la época y, quizá, del siglo XX, consideradas por el Reich como “corruptas y contaminadas”.
En ambos casos, los mencionados regímenes imponían a sangre y fuego sus “parámetros” para la creación artística y todo lo que salía de ellos era considerado lo que hoy llamaríamos “apología del delito” (moral, político, etc.), lo cual servía para estigmatizar y perseguir violentamente a artistas e intelectuales que se atrevían a hacer uso y hasta abuso de su libertad en la creación...
Hoy, tras casi 80 años de aquella polémica –que parecía saldada– y aquellos trágicos sucesos, el amigo Miguel Botafogo pone el asunto nuevamente en boga. A través de una carta enviada y publicada por algunos medios más o menos especializados, el tipo va con los tapones de punta contra Viejas Locas y Callejeros, entre otras bandas de rock, a las que califica como “grupos de mierda integrados por pseudo músicos horribles e hijos de puta que desde sus canciones y sus escenarios hablan de que está todo bien con el descontrol, la autodestrucción con la ‘merca’, el ‘paco’, el alcohol, los psicofármacos”.
Antes, en el mismo párrafo de su diatriba, el ex Pappo’s Blues y Durazno de Gala (y actual Don Vilanova) carga contra “las empresas discográficas, medios gráficos, radiales y televisivos, managers y representantes” por difundir y promover esos “grupos de mierda”, a quienes declara “responsables y culpables de la muerte de ciento noventa y ocho personas en Cromagnon y del cráneo destrozado de Rubén en Vélez” (durante el último concierto de Viejas Locas). Sobre Rubén Carballo, acotaremos solamente que quien le partió la cabeza a garrotazos fue la policía; nadie más. Sobre Cromagnon, que Chabán y el Estado y la corrupción inherente, galopante, a las relaciones “comerciales” entre gobiernos y burguesía, son los que deben rendir cuentas ante las familias, amigos y allegados de los muertos en el boliche, asesinados por los nombrados en complicidad.
Luego, Botafogo sigue disparando ametralladamente a diestra y siniestra, focalizando especialmente en los músicos, para llegar casi al final de su carta y asegurar: “Mucha de la pibada de hoy está descorazonada, desconcertada, frustrada, sin ilusiones, sin sueños, sin posibilidades, no cree en un porvenir y mucho peor: ¡están muy enojados!”. Coincidimos en el diagnóstico. Sin embargo, debemos aclarar que la “pibada” no está así por ninguna de las razones apuntadas por Botafogo, que ve en la superficie lo que en realidad está en la profundidad, vislumbrando apenas lo evidente: la punta del iceberg. Enojado él también por el desahucio que le produjo quien llama “el Zar del rock” porteño, se enceguece y ve en el “éxito” comercial ajeno su propia frustración; por ello ataca furibundamente tanto al “Zar” y a la industria discográfica como a los mencionados “músicos de mierda”.
Mucha de la “pibada” está descorazonada, frustrada y enojada no por lo que escriben, componen y cantan Pity o los Callejeros o Intoxicados (Javier Flores, un amigo cordobés, dice que estas y otras muchas bandas representan algo así como “el ruido en los márgenes de la música”), bandas que sólo ponen de manifiesto esa frustración y esa bronca; sino porque las condiciones materiales de sus vidas –nuestras vidas– son causalidad evidente y suficiente para que sientan –sintamos– descorazonamiento, frustración y enojo (puede que a veces mal canalizados, pero muchas dirigidos del modo correcto, como se aprecia en los mayoritarios sectores de la juventud que, escuchando esa u otra música, trabajan, estudian, crean, se organizan y luchan por una sociedad mejor).
Los músicos, los artistas en general, son emergentes sociales; el arte es expresión de determinado estadío de la sociedad, de la cultura humana, y como tal expresa subjetiva, multifacética y contradictoriamente las frustraciones y enojos de esa sociedad, de determinada clase o sector social, de tal o cual zona o barrio. Nunca ocurre ni puede ocurrir al revés. Incluso cuando ese artista y ese arte, cualesquiera sean, se expresan –conciente o inconcientemente– contra el régimen y sistema social que los sojuzga y somete continuamente. (Y en lo que hace al uso y/o abuso de drogas y quienes las consumen, digamos que existen desde mucho antes que Intoxicados y Callejeros, desde bastante antes que Botafogo y que el rock nacional, incluso. El baile y cierto tipo de drogas estaban en los orígenes de la música, por cierto, que ayer y hoy reúnen lo profano y lo sagrado.)
Por todo eso, hablar livianamente de “apología del delito” con referencia a muchas letras de las mencionadas bandas, como muchos lo hacen y como se aventuró en una charla que tuve con en El diario con Federico y Ezequiel a raíz de la carta pública de Botafogo, no sólo es un despropósito sino, más aún y en perspectiva, un llamado –inconciente, obvio– a la censura y a la represión, propios de una sociedad signada por el Gran Hermano orwelliano; una convocatoria a la tragedia. Si fuera como proclaman los apologistas concientes de esta doctrina, Calamaro debería estar preso.
El problema, en realidad, no radica ni en la carta de Botafogo ni en charlas de café, sino en el “inconciente colectivo” de buena parte de la sociedad bienpensante, sobre todo entre la clase media, que liga un fenómeno como el del delito y la inseguridad ciudadana con esas manifestaciones culturales emergentes, ignorando o pareciendo ignorar que la principal fuente de inseguridad radica en la institución que controla mayormente el tráfico de drogas, tanto a gran escala como en los barrios, y que al mismo tiempo recluta a jóvenes y adultos (adictos y no adictos) para cometer en su beneficio los robos más escandalosos y los crímenes más aberrantes: la policía, con la complicidad de la justicia y los gobiernos municipales, provinciales y nacional (y ahora Scioli quiere darle más poder con las contravenciones... ¿Se entiende por qué?).
En el mismo orden, traigo a colación lo anticipado en el segundo párrafo de este artículo: aquel debate generado en un foro de FB cuya consigna (abstracta, meramente escolástica) era “¿Debe el arte ser revolucionario?”, planteada, por cierto, para ser respondida por personas relacionadas con el marxismo y/o la lucha revolucionaria en el plano político pero también ligados a diferentes disciplinas artísticas. En primer lugar, diremos que el “deber” no se corresponde con ninguna categoría científica ni sociológica; ni siquiera humana. El “poder”, en todo caso, sería una definición más acertada. Cada uno es lo que “puede” y la música, como cualquiera otra disciplina artística, es lo que “puede ser” en tanto manifestación o expresión superestructural de una sociedad limitada a priori por la geografía, el clima, la historia, etc., y determinada cultura, a su vez acotada, limitada, por las relaciones sociales y de producción entre las personas, es decir entre las clases sociales. (Añadamos con respecto al “poder”, que incluso nuestra voluntad está teñida por él; que nuestra conciencia en su manifestación más acabada, incluso cuando enfrentamos intelectual y materialmente ese “poder” y intentamos librarnos concretamente de los límites que nos impone. La creación artística es un ejemplo dialéctico de ese proceso de ruptura).
Y en este sentido, luego de algunas vacilaciones, es que intervine en dicho debate. En el sentido de explicar lo mismo que cabe a Botafogo: que no se trata de “músicos de mierda” o de “música que no puede ser considerada como tal, ni siquiera mala”; de pibes que se drogan o son violentos porque escuchan Viejas Locas (la misma banda que toca Legalícenla –algo con lo que incluso yo estoy de acuerdo– también hace Descansar en paz que, de un modo más directo y menos “poético”, se emparenta con el Todas las hojas son del viento de Spinetta-Pescado Rabioso) o Callejeros (mi viejo sabía contar que era usual que, por alguna razón, los jóvenes vestidos de traje y corbata se cagaran a tiros o a puñaladas o a trompadas, en el mejor de los casos, a la salida de un bailongo, tras la actuación de la orquesta típica y de Floreal Ruíz, por caso). Se trata de pibes frustrados y violentados por una sociedad frustrante y violenta, donde la lucha cotidiana por la subsistencia –literalmente– convierte a cada hombre y a cada mujer y a cada adolescente y a cada chico en un monstruo a punto de dar el zarpazo (“todas estas mierdas me hacen pensar que Dios me olvidó”, se lamenta Los Gardelitos, mientras Viejas Locas canta: “quería progresar / pero progresar era / comer, dormir y trabajar. / Qué sistema de mierda / y cómo te puede cambiar”). Hasta acá nos ha traído esa peste llamada capitalismo... Y ellos, a su modo y como pueden, traducen en canciones un mundo donde casi es más peligroso cruzarse con un policía que con un chorro (Fuerte Apache, casi en el margen del margen, diría mi amigo Flores, lo pone de manifiesto).
Es decir: Callejeros, Viejas Locas, Intoxicados, etc., existen porque existen las condiciones sociales, materiales, para que ello ocurra. Como Miguel Ángel y Mozart existieron (excelsos y eximios propagandistas del oscurantismo eclesiástico); como los Beatles y los Rolling Stones; como Spinetta y Charly García (en tu caso, amigo Botafogo, es que vos insistís con tus temas que hablan “del amor, de los sueños, de las estrellas, de los vínculos, de la introspección, de los átomos, de la magia y el misterio de la vida, de volar con la mente, de imaginar un mundo mejor”, como reconocés en tu carta, y por ende tu éxito comercial se ve acotado. Charly perdura no sólo por sus pantalones bajos y sus adicciones y recuperaciones, sino porque pasó del “bienvenidos al tren” al “no voy en tren, voy en avión” y váyanse todos al carajo..., más o menos. Y acá no hay el menor atisbo de juicio de valor sobre la calidad de tu música, algo totalmente subjetivo).
Pero volvamos al debate en el foro de FB, que de alguna manera sirve para demostrar por la inversa, si se quiere, lo aquí pretendido. Allí, decía, se planteaba la pregunta consabida y contra quienes apostaban enfáticos “sí” a secas o con añadidos escolásticos, opuse mis argumentos, a saber: como ayer y ahora, como será siempre, el arte –en tanto corpus– es un producto (en el más amplio sentido de la palabra) de la cultura humana y, por lo tanto, una construcción social, no individual ni grupal, si bien los procesos históricos necesitan de hombres y de grupos en los cuales encarnar. Entonces, el arte revolucionario no será sino un producto dinámico y contradictorio (dialéctico) de una sociedad revolucionaria, de una cultura revolucionaria, incluso de una nueva moral.
No puede haber arte revolucionario a nivel de laboratorio por muy marxista-leninista que se considere ni a nivel de imposición superestructural, estatal. Cabe incluso para aquella aberración denominada “realismo socialista”, sólo posible en el marco de una reacción histórica y política a escala universal, de la medianoche de la historia, de las purgas estalinistas, de la colectivización forzosa, etc.
¿Qué artista terrícola o grupo de artistas, entonces, por muy revolucionarios socialistas que se precien, podrían “elaborar” un arte revolucionario que por su propia naturaleza estaría fuera de la sociedad, de la historia...? 2.000 años de represión cristiana, 400 de opresión capitalista y 250 de dominio de la burguesía (a través de diversos medios: dictaduras políticas y militares, democracias, etc.) no pueden haber pasado en vano en la conciencia de ningún ser humano, en su inteligencia y en su sensibilidad. La pelea cotidiana de cada uno, entre sobrevivir y luchar organizadamente para liberarnos de las cadenas llamadas explotación y opresión, también incluye librarnos de esas lacras.
Sin revolución –sostenía en el debate–, el “arte revolucionario” es una abstracción, un simple y loable deseo, una esperanza. Queda entonces la tarea pendiente, en algunos aspectos, de elaborar un arte militante y hasta la búsqueda de una nueva estética por parte de artistas y militantes comprometidos con la causa del socialismo, que reflejen –aún dialécticamente– esa lucha, ese porvenir.
Dicho de otro modo: primero debemos resolver las contradicciones sociales de las cuales derivan todas las otras. Es decir: terminar por medios revolucionarios con la explotación, la opresión y la alienación a las que somos sometidos cotidiana y secularmente. Y resueltas las contradicciones sociales (largo plazo hasta el comunismo), concretemos el “arte revolucionario” que, a esa altura, solamente será Arte que se habrá construido socialmente per se y habrá hallado, seguramente, sus individuos y grupos en los cuales encarnar, sino en la humanidad toda.
Ya lo dijo el querido y admirado Bretón en aquel Manifiesto mencionado al principio: “sólo la revolución social puede abrir paso a una nueva cultura”. Y en eso estamos.
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